MAGDALENA FIRLĄG

Diálogo entre tres árboles.

Ritual, tradición y nomadismo en la producción artística contemporánea.

Palabras clave: ritual, tradición, adaptación, diálogo, árbol

Resumen
Este estudio propone un diálogo simbólico entre tres árboles —el sumac, el lináloe y una planta con raíces adventicias— para reflexionar sobre las relaciones entre materia, territorio y práctica artística. A través de una metodología basada en la investigación artística y el análisis comparativo, se examinan las dimensiones rituales, ecológicas y culturales asociadas a cada especie. El árbol de laca representa la permanencia y la tradición, el lináloe encarna la adaptación y el mestizaje, mientras que la planta con raíces adventicias alude a la movilidad y resiliencia contemporánea. El estudio busca evidenciar cómo estos organismos vegetales pueden ser comprendidos como metáforas de modos de existencia en el arte actual, invitando a repensar la creación desde una ética de cuidado, temporalidad extendida y sostenibilidad material.

Diálogo entre tres árboles.

Ritual, tradición y nomadismo en la producción artística contemporánea.

Los árboles, a medida que superan las décadas de su juventud y dejan atrás su
etapa de arbusto, se convierten en testigos silenciosos de la historia. Estables y
arraigados, sostienen una red invisible que conecta todos los elementos que participan
en su existencia: la tierra, el agua, la atmósfera y la acción humana. Sus raíces,
cargadas de simbolismo, penetran profundamente en el suelo, estableciendo un vínculo
con la memoria geológica y cultural del territorio. Cada capa de su corteza guarda

huellas del tiempo, relatos de resistencia y transformación que evocan tanto procesos
biológicos como procesos sociales y espirituales.
En este estudio se propone un diálogo entre tres árboles que, más allá de su
dimensión botánica, representan modos de habitar y pensar el mundo. Cada uno de
estos árboles se vincula con una cultura específica y con distintas concepciones del
ritual, el trabajo artesanal y la relación entre materia y espíritu. El Toxicodendron
vernicifluum, o árbol de laca, arraigado en Asia oriental, simboliza la permanencia y el
vínculo sagrado entre naturaleza y técnica. El Bursera linanoe, conocido como lináloe
en Mesoamérica, encarna la fragancia del mestizaje y la conexión entre territorio y
memoria. Por su parte, la planta con raíces adventicias representa el nomadismo, la
adaptación y las formas contemporáneas de existencia que desafían la idea de arraigo.
Juntos, estos organismos permiten examinar los vínculos entre naturaleza, técnica y
creación artística, proponiendo una reflexión sobre los modos en que la materia
participa activamente en los procesos culturales y simbólicos.
El análisis parte de la hipótesis de que, al observar estos organismos como
depositarios de conocimiento y agentes activos dentro de una ecología cultural, es
posible repensar la producción artística contemporánea desde una perspectiva de
interdependencia y sostenibilidad. Así, el estudio plantea una reflexión sobre cómo las
prácticas ancestrales asociadas a estos árboles —la extracción de resinas, los rituales
de cuidado o los sistemas de producción comunitaria— dialogan con los discursos
contemporáneos sobre arte, materia y territorio.
Este enfoque permite también evidenciar las tensiones entre lo endémico y lo
nómada, entre lo que pertenece a un lugar y lo que se desplaza y adapta. A través de

la observación de estos tres árboles como ejes simbólicos y materiales, se busca
explorar las formas en que la naturaleza participa en los procesos de creación, cómo
las memorias inscritas en la materia se transforman en lenguaje plástico y cómo las
prácticas artísticas pueden articular una ética del cuidado y la permanencia en un
mundo marcado por la aceleración y el consumo efímero.
El primer árbol de este diálogo es el Bursera linanoe, conocido como lináloe, una
especie endémica del sur de México, especialmente de los estados de Guerrero,
Oaxaca, Puebla y Morelos, “tiene una accidentada historia, un presente retador y un
futuro promisorio aunque incierto” (Hersch Martínez 2008, 1). Es apreciado por su
esencia aromática, cuyo uso se remonta a la época prehispánica. Sin embargo, la
primera mención escrita sobre este árbol data de 1834 y se debe al botánico mexicano
Pablo de La Llave, lo que confirma que la extracción de su aceite ya era una práctica
establecida al menos desde inicios del siglo XIX. A pesar de no ser una especie de
gran tamaño—pues alcanza entre 9 y 10 metros de altura y aproximadamente 60
centímetros de diámetro—, el lináloe es una de las pocas especies mexicanas que
pierden sus hojas durante la temporada invernal.
En el pasado, este árbol se cultivaba principalmente por su aceite, un
ingrediente fundamental en la industria de la perfumería, siendo parte de fragancias
icónicas como Chanel No. 5. Además, su esencia es reconocida por sus propiedades
antisépticas y relajantes. Se presume que la demanda del aceite de lináloe creció
significativamente durante el siglo XX, cuando su resina fue utilizada en la producción
de fármacos esenciales en tiempos de guerra. Su importancia, tanto en la cosmética

como en la medicina, evidencia la relevancia de los árboles no solo en el ámbito
ecológico, sino también en el cultural y económico.
El aroma del Lináloe está clasificado dentro un registro bajo que quiere
decir que tiene dos funciones: Son menos volátiles y surgen más
lentamente pero cuyo aroma persiste durante más tiempo, también tienen
la ventaja de fijar el aroma de una mezcla evitando que un aroma de
registro medio o alto se evapore rápidamente (Lináloe: el aroma de
Guerrero, octubre de 2023).
No se sabe exactamente cuando la madera de lináloe fue usada por primera vez

para producción de las cajitas decoradas con laca. Fusión de estos dos elementos de
la cultura mexicana dio como resultado un objeto representativo para un pueblo
escondido entre las montañas de Guerrero – famosa cajita de Olinalá. Todavía hasta

los finales del siglo XIX tenemos los ejemplos de los baúles y cajas decorados con laca
de Olinalá

Fig.1. Árbol de lináloe, jardín de ICAT, Olinalá. Fotografía Magdalena Firląg, 2023.

por fuera y por dentro. 1 Esa evidencia nos confirma que la unión de lináloe con maque
es relativamente joven, pero la aromática cajita fue un paso muy importante en la
historia de ambos. Suponiendo que la obtención de madera aromática sea un efecto
secundario de la producción de aceite esencial, estamos hablando de un ejemplo de
residuo que revolucionó la artesanía en esta región y la salvó del olvido.
El trato de árbol de lináloe para obtener su esencia aromática es sin duda alguna
un ritual. El aceite se puede sacar de cada parte de la planta, aunque la esencia de
tronco y de las ramas es mucho más fuerte y apreciada que aquella de los frutos. Pero
esta manera de extraer el aceite no es tan sustentable como la producción del aroma
de las semillas. Se necesitan alrededor de 50 kg de semillas para un litro de aceite. La
destilación de frutos se realiza exclusivamente en ejemplares femeninos, ya que la
especie es dioica. Debido a las condiciones climáticas cada vez más variables, varia la
cantidad y las características de los frutos, que están disponibles aproximadamente un
mes al año. Este método de destilación se usa también en la India donde la industria
empezó en la primera mitad del siglo XX. La producción en el continente asiático muy
rápido rebaso las cantidades que se obtiene en México. En la provincia de Bangalor es

1 Se conservan diversos ejemplares de cajitas de Olinalá, fechadas entre los siglos XVIII y XIX, que presentan no
solo una rica decoración exterior, sino también un elaborado trabajo en su interior, realizado con la misma técnica
tradicional de lacado. Esta atención al detalle revela el alto grado de maestría alcanzado por los artesanos de la
región. Algunas de estas piezas forman parte de la colección del Museo Franz Mayer, donde se resguarda un
importante acervo de artes decorativas novohispanas.

donde se recolecta la fruta caída al piso, se la seca para poder destilar al largo del todo
el año. En México en los años 50 hubo una sobreexplotación del árbol de lináloe,
desaparecieron varias áreas en Morelos, Oaxaca y Guerrero. Hoy en día se busca
reforestación y programas de protección de esta especie que aún no está en peligro de
extensión.
Hasta hoy día el trato de la planta para obtener la madera con perfume tiene
muchas reglas. La planta no puede ser demasiado joven. El árbol se cala en los meses
de agosto y septiembre, meses de lluvias moderadas. Los cortes estresan la planta y
provocan que el acete perfora la madera de una forma permanente. Árbol manda la
salvia para curar las heridas, el contacto de la resina con el agua de las lluvias provoca
manchas en la madera y suelta el perfume. La mancha no es defecto de la madera es

Fig. 2. Cajita de Olinalá, siglo XVIII. Fotografía Museo Franz Mayer.

su valor, como en la filosofía wabisabi y la técnica kintsugi, la imperfección y lo único es
lo realmente apreciado. Un proceso espiritual que ha sido cuidadosamente transmitido
de generación en generación. Los maestros responsables de calado de los árboles de
lináloe mencionan que para este ritual tienen que ir “limpios”, no solo bañados y bien
vestidos, pero también descansados y preparados espiritualmente. Todo esto para
evitar que el árbol se seque. Se le pide el permiso a la naturaleza. Nueve meses
después se puede usar la madera con las betas y aroma. A veces este proceso ocurre
naturalmente, sin intervención de humano por la vejez, pero estamos hablando de unos
árboles de 60-70 años.
La extracción de aceite se puede lograr sin afectar la población de lináloe, sin
embargo, “El procedimiento de la cala del lináloe implica inevitablemente el derribo del
árbol, lo que llevó a la severa afectación de las poblaciones de dicha bursera en el
pasado” (Hersch Martínez 2009). La madera tiene las características manchas que van
de la mano de un fuerte aroma. El valor de madera con la beta es mucho más alto ya
que estas partes del tronco están impregnadas con el aceite esencial. “Si bien la
madera del lináloe ha sido un elemento identitario de las artesanías olinaltecas, el
aceite esencial del árbol en sí ha sido también uno de los productos emblemáticos de
este árbol” (Hersch Martínez 2009).
Últimamente cada vez es más difícil encontrar los artesanos que trabajan con la
aromática madera de lináloe. Desgraciadamente mucha gente no conoce esas
características del material y compra los productos de otros tipos de madera o lináloe

sin beta, a cuáles se les agrega unas gotas de aceite esencial. A diferencia de la vieja
practica el aroma de las nuevas cajitas vapora rápido. Lináloe por su conexión con el
mundo de lacas mexicanas hace puente con otro protagonista de esta reflexión -una
fuente de la resina asiática urushi, que tiene muchos vínculos con la producción de
maque. En esta ocasión vamos a enfocarnos en árbol coloquialmente conocido como
sumac y los paralelismos entre aquello y el lináloe.

Fig. 3 y 4. Madera de lináloe con veta. Fotografía. Magdalena Firląg, 2023

El árbol de la laca, conocido científicamente como Toxicodendron vernicifluum,
está profundamente ligado a una tradición milenaria que combina arte, naturaleza y
técnica. Los registros más antiguos del uso de la resina urushi provienen de Japón y

datan del siglo IX a. C., lo que evidencia no solo la antigüedad, sino también la
relevancia cultural de esta sustancia en las prácticas artísticas, artesanales y rituales
del este asiático. A lo largo de los siglos, la laca ha sido apreciada tanto por su
resistencia y brillo como por su capacidad simbólica: una materia viva que transforma lo
frágil en duradero. Por ello, ha sido llamada con frecuencia el “oro negro”, en alusión a
su rareza, su profundidad visual y el cuidado que exige su obtención.
El Toxicodendron vernicifluum crece en diversas regiones de Asia
—principalmente en Japón, China, Corea y Vietnam—, donde es considerado un
símbolo de persistencia y armonía con el entorno. A diferencia de otras especies, como
el lináloe, que pueden adaptarse a distintos ecosistemas, el árbol de la laca mantiene
una relación íntima con su territorio y con los saberes locales que han permitido su
cultivo y aprovechamiento sostenible a lo largo de generaciones.
La recolección de la resina, un proceso que requiere precisión y respeto por los
ciclos naturales, se realiza entre los meses de junio y septiembre, una vez concluida la
floración primaveral. Se considera que la savia extraída hacia el final de la temporada,
en las últimas semanas de septiembre, posee una calidad inferior y suele destinarse a
la impregnación de madera, mientras que la resina recolectada en los primeros cortes
es la más pura y apreciada. Para ser aprovechado, el árbol debe tener al menos diez
años de edad y un diámetro superior a diez centímetros.
El sangrado del árbol se lleva a cabo mediante incisiones diagonales en la
corteza, generalmente al final del día, pues se ha observado que el flujo de savia
aumenta durante la noche. Cada corte requiere un intervalo de recuperación de
aproximadamente cuatro días, permitiendo que el árbol repose y mantenga su vitalidad.

Este proceso, riguroso y delicado, está a cargo de artesanos altamente especializados
que, a lo largo de décadas, han perfeccionado la técnica mediante la observación, la
intuición y una profunda reverencia por la naturaleza. En muchos casos, estas prácticas
se transmiten de generación en generación dentro de familias dedicadas al oficio, en un
diálogo continuo entre tradición y experiencia.
En Japón, varias prefecturas conservan centros históricos de producción de laca
urushi, donde se resguarda este conocimiento ancestral. Uno de los más reconocidos
es Joboji-machi, en la Prefectura de Iwate, célebre por la pureza excepcional de su
laca, “La laca es conocida por su excepcional pureza y fue utilizada durante los trabajos
de restauración del Templo del Pabellón Dorado, en Kioto, de 1985 a 1987” (Glissant
2002) Allí trabajan maestros como Iwadate Shōji, quien ha dedicado más de seis
décadas a perfeccionar el arte de la recolección. Otro centro destacado es Daigo, en la
Prefectura de Ibaraki, donde además de la producción artesanal se han implementado
programas educativos, proyectos de reforestación y el centro Daigo Front, que
promueve prácticas sostenibles y la transmisión del conocimiento técnico a nuevas
generaciones.
La labor de estos maestros constituye una forma de conocimiento enraizada en
la observación del entorno, la sensibilidad hacia los ritmos naturales y el
reconocimiento del valor del tiempo. En este sentido, el urushi no es solo una materia
prima, sino una expresión de continuidad cultural: un material que encarna la paciencia,
la memoria y la relación respetuosa entre el ser humano y la naturaleza.
Existe, además, un vínculo visual interesante entre el corte del lináloe y el del
árbol de laca, dos especies con propósitos distintos, pero con una marca similar en sus

troncos. En el caso del lináloe, árbol endémico de México, los surcos se realizan para
impregnar la madera con su esencia aromática. En cambio, en el Toxicodendron
vernicifluum, los cortes se practican con una herramienta especializada para extraer la
resina. En ambos casos, el proceso deja un patrón de incisiones paralelas y rítmicas,
cicatrices permanentes que evidencian la relación entre el ser humano y la naturaleza a
través del uso de estos árboles.

Fig. 5. Cortes en el árbol de laca. Fotografía. Magdalena Firląg, 2024

El tercer árbol no corresponde a una especie específica, como en los casos
anteriores, sino a un conjunto de plantas con características particulares y un fuerte
simbolismo: los radicantes. Este término se emplea para describir aquellas plantas

capaces de generar raíces adventicias, es decir, raíces que emergen en distintos
puntos de su tallo o incluso de sus hojas. Gracias a esta capacidad, pueden adaptarse
con facilidad a diversos entornos, arraigarse en distintos tipos de suelo y optimizar la
absorción de nutrientes y agua. Su notable resistencia y flexibilidad les permiten
sobrevivir en condiciones adversas, convirtiéndolas en un emblema de adaptación y
transformación constante. “En resumen, una planta radicante es aquella que tiene una
gran capacidad para desarrollar raíces en distintas partes de su estructura, lo que le
permite crecer y propagarse de manera efectiva” (Bourriaud 2023). También se hace
referencia a ellas como aquellas que emiten raíces.
Nicolas Bourriaud retoma el concepto de “radicante” y las características de las
plantas con raíces aéreas en su ensayo Radicante para reflexionar sobre las
problemáticas de la cultura y la producción artística contemporánea. En su texto,
explora el nomadismo y la capacidad de adaptación de los artistas que transitan entre
distintos contextos geográficos y culturales. Plantea la necesidad de “borrar su origen
para favorecer una multiplicidad” (Bourriaud 2009, 38), destacando cómo los creadores
actuales trabajan con materiales accesibles en cualquier parte del mundo, sin una
filiación estricta a una identidad o tradición específica. Asimismo, introduce la cuestión
del relativismo en la interpretación del arte contemporáneo, al señalar cómo una obra
puede adquirir significados diversos según el contexto desde el cual se observe. Esta
perspectiva busca desplazar las lecturas centradas en lo familiar o en lo propio,
abriendo paso a nuevas formas de comprensión e interacción con el arte.
No obstante, resulta pertinente matizar esta visión, especialmente cuando se
traslada al análisis de prácticas artísticas de comunidades originarias. Si bien la idea de

lo radicante puede ser útil para describir ciertos desplazamientos o procesos de
traducción cultural, también corre el riesgo de promover un “relativismo sin raíces” que,
al descontextualizar las prácticas, las vuelve susceptibles de ser apropiadas o
asimiladas por los grandes mercados del arte global. Este riesgo de exotización y
desarraigo —particularmente cuando se invisibilizan los marcos históricos, políticos y
simbólicos en los que esas prácticas se originan— exige una mirada crítica y situada.
En este sentido, más que hablar de “desarraigo”, puede resultar más productivo
pensar en términos de transculturación, tal como la entendieron autores como
Fernando Ortiz, donde los procesos de intercambio implican no solo pérdida, sino
también apropiación activa, reconfiguración y resistencia. Esta noción permite
reconocer la complejidad de los desplazamientos contemporáneos sin caer en visiones
simplificadas o superficialmente cosmopolitas del arte actual.
Por otro lado, el acceso global a la información se ha acelerado de forma
extraordinaria en las últimas décadas. Aunque para muchas personas viajar
físicamente sigue siendo un desafío, la posibilidad de conocer otros territorios y
expresiones culturales se ha ampliado gracias a internet. La creciente conectividad,
incluso en zonas rurales, ha transformado la manera en que se explora y se comprende
el mundo, facilitando el intercambio simbólico. Sin embargo, este acceso no sustituye la
experiencia situada ni justifica lecturas homogeneizadoras: al contrario, impone la
responsabilidad de contextualizar críticamente los discursos y las prácticas que
circulan.
El mundo se vuelve créole, es decir que las culturas del mundo puestas
en contacto unas con otras de manera fulminante y absolutamente

consciente en la actualidad van cambiando e intercambiando a través de
choques irremisibles, guerras impiadosas, pero también avances de
conciencia y de esperanza (Glissant 2002, 30).
Nicola Bourriaud plantea una perspectiva contundente sobre el papel del origen
en el individuo contemporáneo. Las raíces ya no se conciben como un fundamento
sólido, una base desde la cual mirar hacia lo nuevo, ni como un referente que
estructura el crecimiento y la exploración de lo ajeno. En su visión, esta parte
metafórica de la planta se convierte en un obstáculo, en un ancla que nos retiene
cuando intentamos avanzar hacia lo desconocido con una actitud exploratoria.
Son las raíces las que hacen sufrir a los individuos: en nuestro mundo
globalizado, persisten a la manera de esos miembros fantasmas cuya
amputación provoca un dolor imposible de combatir, ya que afecta a una
sustancia que ya no existe. (Bourriaud 2020, 21)
A través de estos tres ejemplos de la botánica, es posible analizar distintos
fenómenos que marcan el mundo actual, especialmente en relación con la cultura y la
producción artística contemporánea. El árbol de lináloe representa una tradición
milenaria que, aunque ha logrado preservarse a lo largo de los siglos, no se ha
desarrollado ni adaptado al contexto contemporáneo. Como consecuencia, la industria
de la madera aromática y el aceite de lináloe se ha vuelto cada vez menos rentable,
encareciendo sus materias primas.

Fig. 6. Pandanus tectorius. Fotografía internet, consulta en 2023.

La desaparición paulatina de esta industria local refleja una tendencia global: la
manufactura masiva y económica, en este caso proveniente de India, ha desplazado a
la producción artesanal. Este fenómeno es un síntoma de las llamadas “las nuevas
rutas de la seda” (Frankopan 2020), en las que la proliferación de productos baratos
provenientes de China domina el mercado. En México, este cambio ha sido
particularmente abrupto. En el transcurso de apenas unas décadas, los recipientes de
barro, jícaras y guajes han sido desplazados por envases de plástico; al mismo tiempo,
los mercados se han inundado de ropa y calzado sintéticos a precios accesibles. Se
trata de objetos producidos de forma masiva mediante procesos acelerados, adquiridos
sin reflexión y desechados con la misma rapidez.
El sumac representa una tradición ancestral que, si bien no vive su máximo
esplendor en el siglo XXI, sigue siendo cultivada con esmero por un grupo reducido de

artesanos que respetan las normas tradicionales y garantizan la alta calidad del
material. Sin embargo, en paralelo a esta conservación rigurosa, ha surgido una nueva
vertiente en la producción artística contemporánea que utiliza urushi como un medio
expresivo, revitalizando y enriqueciendo esta técnica tradicional de Asia.
Con estos ejemplos de trato de material se están abriendo a una de las
preguntas claves ¿Hasta qué momento se debe modificar la tradición, para salvarla de
desaparición? ¿Las técnicas tradicionales, artesanales pueden ser atractivas para la
producción artística contemporánea? ¿Hasta qué punto hay que cuidar con la rigidez
las viejas recetas? ¿Como se está modificando la producción artística y artesanal?
¿Como prevenir la escasez de las materias primas?
Tanto el lináloe, árbol endémico de México, como el árbol de laca asiático
abordan, de manera indirecta, cuestiones vinculadas con la filosofía wabi-sabi. En la
carpintería convencional, las vetas y manchas de la madera suelen considerarse
defectos; sin embargo, en el caso del lináloe, estas marcas son un testimonio del ritual
al que ha sido sometido el árbol. Las irregularidades en la madera no solo le otorgan un
valor estético, sino que también están cargadas de significado, ya que evidencian la
impregnación de su característico aroma.
Por su parte, la resina extraída del Toxicodendron vernicifluum es el ingrediente
fundamental en la técnica del kintsugi, un método japonés de reparación de cerámica
que consiste en unir los fragmentos rotos con laca urushi y, en la etapa final, resaltar
las grietas con oro. Este proceso no solo devuelve la funcionalidad al objeto, sino que
también subraya su historia y transforma la fractura en un elemento valioso. Desde la

perspectiva wabi-sabi, la belleza y el verdadero valor de un objeto residen en su
singularidad, en la imperfección y en las marcas del tiempo que lo han moldeado.
La estética japonesa, influida por la filosofía Zen, valora la sencillez, la pureza y
la belleza en la simplicidad. En este contexto, el ritual del corte en los árboles de lináloe
y Toxicodendron vernicifluum representa un paralelismo entre las tradiciones de las
lacas mexicanas y asiáticas, ambas fundamentadas en el respeto por los ritmos de la
naturaleza.
Las raíces de estos árboles contienen siglos de historia y simbolizan un arraigo
profundo, en contraste con las plantas de raíces adventicias, que encarnan el cambio,
la adaptación y una temporalidad en constante movimiento. Mientras que los primeros
remiten a la preservación de una tradición transmitida de generación en generación, los
radicantes, al crecer y transformarse según las condiciones del entorno, reflejan un
devenir sin una línea de tiempo fija ni una herencia cultural definida.
En este sentido, como menciona Bourriaud, “el inmigrante, el exiliado, el turista,
el errante urbano son las figuras dominantes de la cultura contemporánea” (Bourriaud
2009, 56) y pueden considerarse análogos a los radicantes: seres que no están atados
a un lugar específico, sino que se desplazan, absorben y reinterpretan su entorno de
manera dinámica.

Fig. 7. Objeto reparado con la técnica de kintsugi. Autor desconocido, 2012.

Fig. 7. Objeto reparado con la técnica de kintsugi. Autor desconocido, 2012.

Gracias a los cambios en la comunicación, la apertura global y el acortamiento
de las distancias geográficas —sumado a las herramientas digitales que facilitan la
traducción y circulación de la información—, las tradiciones y técnicas locales que
antes dependían exclusivamente de las comunidades que las habían cultivado durante
siglos ahora tienen la posibilidad de llegar a un público más amplio. Este intercambio,
muchas veces mediado por una mirada externa, puede propiciar reinterpretaciones,
usos alternativos e incluso abrir espacios para la experimentación y la exploración de
nuevas posibilidades materiales y simbólicas.
Para preservar y revitalizar estas artes milenarias, considero fundamental
mantener una actitud abierta hacia nuevas formas de apropiación y diálogo. Ejemplos
como el maque mexicano y la laca oriental demuestran que es posible equilibrar el

respeto por la tradición con una disposición a la innovación. En ambos casos, la
práctica artesanal no se limita a la reproducción de modelos heredados, sino que se
convierte en un proceso dinámico de adaptación y resignificación cultural.
Desde esta perspectiva, los resultados de la investigación muestran que las
prácticas artísticas basadas en la materia —especialmente aquellas que implican
procesos lentos y manuales— pueden funcionar como puentes entre temporalidades,
geografías y sistemas de conocimiento. La combinación de saberes tradicionales con
enfoques contemporáneos no solo amplía el repertorio técnico del arte actual, sino que
también ofrece una lectura crítica sobre la sostenibilidad, la memoria material y la
relación entre cuerpo, entorno y creación.
En términos teóricos, esta reflexión propone una noción de materia como agente
activo en la producción artística, capaz de articular narrativas de continuidad y
transformación. Las prácticas híbridas que surgen de estos encuentros entre culturas
revelan que la autenticidad no reside en la pureza de los orígenes, sino en la capacidad
de la materia y del gesto humano de adaptarse, dialogar y persistir. De esta manera,
los árboles y sus resinas —como metáforas de lo arraigado y lo mutable— nos
recuerdan que toda tradición viva es, en sí misma, una forma de movimiento.

Referencias:
Partes de la redacción de este articuló de la investigación fueron revisadas con
asistencia de herramientas de inteligencia artificial (ChatGPT, OpenAI) para
sugerencias de estilo y corrección lingüística, bajo la supervisión de la autora, quien es
extranjera y cuyo español no es lengua materna.

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  2. Centro INAH Morelos.
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    “Learning about the Life and History of Joboji at the Joboji History and Folklore
    Museum.” Discover Oku Nanbu Urushi Audio Guide. Último acceso el 4 de agosto de
  3. https://urushi-okunanbu.com/en/audioguide/audioguide14/
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    https://adncultura.org/linaloe-el-aroma-de-guerrero
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